Con estos recuerdos, el dueño mantuvo unido el espíritu de los que aún estaban y los que se habían ido, y con ello la habitación no perdió hasta el final su esencia. Al cruzar el umbral de la puerta de la habitación uno era abducido a otra dimensión de la que no volvía hasta momentos después de haberla abandonado, porque, sin quererlo, la habitación se convirtió en un lugar clandestino donde se conversaba casi siempre de poesía, literatura y política. Por el aire se respiraban entre el humo del tabaco, versos, flotaban ideas y se construían sueños. Se vio un sinfín de películas y se comentaron en talleres improvisados. Se consumió té a raudales acompañado con los sones de la salsa, la inconfundible voz de Um kalthum, el pop ingles de los setenta y ochenta, el houl y por supuesto, facundo Cabral. De las oficinas, dispensario y el palacio de justicia que rodeaban la habitación, uno se olvidaba una vez dentro. Te sentías alejado del mundo y sus miradas ajenas. Y te hallabas rodeado por cuatro paredes llenas de poemas colgados y pululaban por su estancia los fantasmas de varios escritores y sus creaciones.
En ella el exilio y la posible solución de la causa eran temas de pláticas. Se recordó el pasado y se imaginó el futuro. Fue testigo de amores, desamores y otras osadías que aquí no vienen al caso. Por ella pasaron vascos, catalanes, españoles, italianos, franceses ingleses y se hablaron sus idiomas. Era una especie de torre de babel en medio de la hamada. Fue para muchos de nosotros la cueva clandestina donde nos refugiábamos en el exilio, el lugar de adaptación a la nueva patria y la redención de las tristezas. Todos los que por ella pasamos o vivimos hemos emigrado, pero cada vez que volvíamos la encontrábamos igual que antes; su mismo aire, seguía siendo ese rincón sedentario en el desierto donde la poesía eligió estar. Hasta que cerró el colofón el dueño. Y al abandonarla, dejaron sus muros los versos de Borges, de Cabral y poemas escritos por sus moradores.
Al salir de la habitación estaba el patio y detrás de el, la cocina y al lado el baño. Cuando el calor del desierto apretaba y las noches se hacían insoportables dentro de la habitación, se tendía la famosa manta caqui del periodista, venida de Rabuni y que después de un tiempo en la habitación terminó sus días en el Badia, sobre la arena del patio y allí, bajo las estrellas, se preparaba el té, se escuchaba música y se conversaba sobre varios temas o sencillamente se embelesaba uno con el cielo y si la inspiración acompañaba, se dejaba correr tinta a diestra y siniestra.
Antes de que el dueño se viniera, regaló todos los objetos de la casa a diferentes conocidos. Pero lo que nosotros llamamos la esencia de la habitación, las dos cajas de cartón, los poemas colgantes y los utensilios del té se los dejó a un chaval intranquilo y nómada por antonomasia; oposición total a nuestra habitación sedentaria.
Ahora estamos todos acá, muy lejos de la habitación. Pero siempre hay algún olor o una imagen que me la recuerda. Y aunque se que ya no será la misma me quedaré sus paredes, sus versos, y pensare en su complicidad y en su silencio.
Tufi